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Cyborgs y Virtualorgs

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Me preguntan…

… ¿quién eres?, me quito los audífonos, apago el gadget para oír MP3, cierro la tapa del celular porque dejo de escribir a dos pulgares, me estiro, miro por la ventana del auto, que ronronea con una suave cilindrada, me deslumbran los juegos de neón, los gases iluminados por los estallidos intermitentes de los escaparates, y quiero contestar. ¿Qué respondo?

¿Quién soy?

Soy lo que tengo puesto y lo que llevo: mi ropa, mis órganos y sistemas. Soy un conjunto de bienes naturales y bienes sobrepuestos, unos que vinieron de fábrica y otros que escogí, creo. O que pude elegir entre lo que se me ofrece de menú y lo que puedo pagar. Para el que me mira soy ese cuerpo orondo con tela encima. Una parte de mi vida la construyo en el contacto cotidiano con seres desconocidos y seres habituales, que comparten la visión mutua de la ropa y su contenido. También soy ese conjunto de ruidos que emito (quisiera descartar los pérfidos), ruidos que provocan reacciones de todo tipo. Si me fijo, los ruidos que uso suelen tener unas ciertas constantes, tonos, arcadas suprasegmentales, temblores de voz, agudezas y ronqueras, que hace de mí también un espectáculo musical para algunos y para otros un insufrible manantial de fastidios.

Me digo…

¿seré un cyb-org? Que es un compuesto de hombre y máquina, en una esperada simbiosis, donde la máquina, la parte CIBernética, termina de andamiaje al pasado clímax juvenil de un cuerpo. Es decir, ayuda, perfecciona, mejora, las funciones del cuerpo. O “limpia, brilla y da esplendor” a un conjunto que empezaba a deshacerse. El “org“, el organismo, necesita ese sostén para perpetuarse (Spinoza lo dijo: todo ser busca perserverar en sí mismo). En muchos casos, empezamos a ser “cyb-org” cuando aceptamos que nuestra persona funcione con apoyaturas: primero puede ser un bastón, unos anteojos, un audífono, una muela de oro. Claro que son réplicas de lo que éramos: un hueso, una retina, un tímpano. Pero ya son parte de nosotros. Seremos totalmente “cyb-org” cuando la máquina empiece a ser con nosotros desde el principio. Eso ¿está pasando? No importa, parece que así seguiremos.

Pero, el asunto no es solo “materia”. La persona no es solo “compuesto”. Cuando me preguntan ¿quién eres?, no esperan, creo, que les diga “un hombre de tal tamaño, peso, contextura, voz, que viste así y asá, que tiene dos muelas de plástico, una costilla de titanio, un marcapasos, etc.” Eso no es lo que queda en el rescoldo del otro, eso no es lo que se lleva, al menos. Dirá: “un hombre tosco, de carácter afable, que suele hacer bromas, algunas de pálido humor, ah, le gusta comer mucho” y cosas por el estilo. Otro verá algo distinto, armará un fantasma de mí con otros colores y sabores. Una imagen, una virtualidad. Un temblor momentáneo de la mente que les trae memoria de mí. Seré un efecto de lo que hago en la membrana de su ser. Es decir, vivimos un mundo de fantasmas que alborotan en la cabeza.

Iron Man Display
Al menos el contacto físico nos puede contradecir y resistirse al fantasma que hemos convocado. Cuando el otro me huele, su imagen afable de mí se trastoca, quizá. Pero no tenemos muchos contactos físicos en las sociedades que marcan la pauta de la envidia (o bien, sólo terminan siendo contactos físicos). Nos estamos convirtiendo en “virtual-orgs“: una especie de demonios, ¿no? Si empezamos a crear relaciones a través de máquinas e interfaces, a través de celulares, e-mail, foros, chat, avatares y otras “representaciones” teatrales de nosotros, lo que ponemos en ellas no será lo que otro puede comprobar delante al tocarnos. Será lo que queremos proyectar. ¿Eso significa “deshumanizarse“? ¿dejar de ser personas? No le tengo miedo al fenómeno, ni creo que eso signifique la disolución de la sociedad, la patria o la familia. O sí, pero serán otra sociedad, otra patria, otra familia. Otro mundo de lo que somos. Ser humano no está definido de una vez para siempre, somos lo que “vamos haciendo”.

Supongo que esto nos servirá para ser más concientes de nosotros, porque no somos concientes de la imagen que proyectamos durante el contacto físico. Pero en un chat o en un juego convertimos en visual o sonoro lo que queremos mostrar de nosotros. Como decía Chesterton:

“la máscara no nos oculta, nos revela”.

En el reflejo de mi cara en tus ojos encuentro la respuesta a ¿quién eres? Soy ése que se siente en el temblor de tu mirada. Y, en este caso, claro, en el sonido que imagino en el fondo de tus ojos. O nada.


Foto 1: Attribution-NonCommercial-ShareAlike License by Dave Malkoff

Foto 2: Attribution-ShareAlike License by Shards Of Blue

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