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Pensar es un placer perverso

La sensación de ansiedad que causa pensar… porque quisiéramos “realidad” y nos ponemos “pensamientos”. De ahí estos esfuerzos por expresar un placer extraño.
Es absurdo decir que no sé qué pensar. Es absurdo no saber qué pensar. Es absurdo no pensar. Y, sin embargo, son freses que transitan a diario y llenan los medios de transporte. Son ellas o sus máscaras. “No sabe / no opina”, “Se encogió de hombros”, “Cerró los ojos y empezó a roncar”, “¿Qué quiere que diga?”, “¿Mmm?”, y miles de variantes, mutaciones más espantosas que el último virus de computadora.
La falta de verbalización no es sinónimo de ausencia de pensamiento, claro. Puede ser indiferencia, puede ser una crítica soterrada, puede ser que te estén diciendo: “piensa”. Tampoco un galimatías es una forma de “idiotez”. Puede ser una clave. “No pensar” no es equivalente a “no dice nada” en todos los casos: hay que arriesgarse a interpretar, a pensar en el asunto, a equivocarse. Es imposible no pensar, aunque no siempre el pensamiento valga la pena darlo a luz. Cuesta pensar, dicen algunos, como si no pudieran dar razones por las que su equipo favorito va a ganar el partido. Lo que cuesta es pensar cuando se debe.


Pensar es un deleite. Un placer, si lo queremos confesar. Pero a veces este placer se convierte en una especie de onanismo, en especial, cuando se imita el pensar con los intentos de intelectuales fatuos que juegan a combinar términos sin tocar su experiencia. Sentía así cuando escuchaba a mis colegas universitarios hablar de la violencia y de la clase oprimida, de los problemas sociales y de la aplicación de la teoría en boga, sin responder desde sus neuronas a las preguntas básicas. Antes bien, primero devoraban libros y artículos para construir nuevos libros y artículos sin sustancia.
Cierto que otros pensaron antes que uno. Pero otros no tienen mi cuerpo, no tienen mis padres, no respiran mi smog. Ellos pensaron su tiempo. Primero pienso el mío, de otro modo no puedo aprender de los que pensaron antes. De otro modo, me pongo el abrigo antes de sentir el frío. Primero me enfrento a solas con mi mundo. De allí saldré dolido. Siempre. Entonces sabré qué quiero.
Creo que sólo se puede leer si uno primero piensa por sí mismo y siente la “resistencia” de la realidad a dejarse encajar en las ideas. Ahí es donde empieza el deleite de pensar, en lo que Hegel decía “el esfuerzo del concepto”. Pensar es un placer porque pensar está entre el mar y la arena: el límite cambiante entre lo que entiendo y lo que es.
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