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Hijo negado de la naturaleza

El asunto no es ir, sino estar. Aquí siempre estamos yendo. Nunca se suspende esta continua escapatoria. Aunque no sabemos de qué. El solo hecho de comprar, ir a la tienda, saber que nos falta esto o aquello y luego ver qué más nos falta, o que esto está bonito, o está barato, alargar la mano y llevarlo. Este solo hecho, como todos los demás del ser urbano. Y no estoy en contra de ser urbano. A mí me gusta vivir en este edificio, poder mirar lejos, aun en esta ciudad de neblinas, sentirme protegido, aislado, en este piso trece. Pero la ansiedad artificial, no, no la distinguimos de la cierta. No queremos, ansiamos, deseamos, nos proyectamos en tocar, poseer, disfrutar, para repetir el ciclo. Es la sola garantía de su perpetuidad, incrustada en nuestra mente o alma, como un virus que proyecta sus hijos en oleadas mutantes, en olas de paroxismos prometidos, nos inquieta hasta que respiramos tranquilos y luego, en silencio, empieza de nuevo.

En la naturaleza no hay ansiedad. Veamos, a lo mejor sí. Una víbora ansiosa de su presa. Un mono ansioso de su plátano. Un tiburón ansioso de su cuerpo (el de la víctima, claro). Pero todos son clichés de novela, imágenes de cine, proyecciones antormorfizantes. Ese hombre es una víbora, parece un mono el tipo ése, como un tiburón se enfiló hacia ella… Como cuando creamos dioses, nos dedicamos a proyectarnos al mundo. Al parecer, no cesaremos de cambiar el mundo a nuestra imagen y semejanza, siempre. Somos humanos, emprendimos la conquista del universo, y, lo que realmente cuenta, más que nuestra ideología, es nuestro ¿instinto?, ¿naturaleza?, mmm. Dejemos ser a la naturaleza. Pero nuestra naturaleza es cambiar. Entonces, la naturaleza ha creado una contradicción. Como todo sistema, siempre, creado para un momento o una situación, el hombre es el extremo de la naturaleza, su hijo negado. Habrá, pues, un término medio.

No tiene que ser la naturaleza el molde de la perfección, lo que es (lo natural) no es lo “mejor” siempre, supongo. Ni lo inventado tampoco. Ni tampoco un término medio. Esta oposición entre lo natural y lo artificial no es útil. Suele ser más bien perjudicial. Por ejemplo, cuando se arguye que los hombres no deben volar porque no están hechos para ello (una antigua tontería), cuando se menciona que las mujeres no pueden ser sacerdotes (probablemente por tradición), cuando se afirma que “un lobo viejo no aprende nuevos trucos” (y tal vez los aproveche mejor). La imposición o afirmación de un límite entre lo natural y lo artificial suele ser más bien una forma de decir: “no pasen de aquí porque todo va a cambiar”: una expresión de temor, quizá.

¿Por qué tanto énfasis para eliminar esa distinción? Ahora, cada vez más, lo artificial se convierte en parte de la condición humana. La tecnología, desde la ciencia moderna, implica la extensión de las posibilidades del hombre y, al mismo tiempo, el cambio de su definición o esencia. No nos podemos definir por nuestro ADN, porque lo estamos manipulando. No nos podemos definir por nuestro pensamiento, porque queremos que el pensamiento surja en las máquinas o en los animales. No nos podemos definir por el alma, porque no sabemos mucho de ello (o ella). Conforme el hombre profundiza en su propio desarrollo, cambia. Ya no está donde empezó. El asunto, en contra de lo que dije al principio, entonces, no es estar, sino ir. O, tal vez, estar e ir simultáneamente.

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