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Educar al yo perdido

yo perdidoNo es fácil ser conciente de uno mismo. Es complicado separarse de lo que se hace y “darse cuenta” de lo que hacemos. Por ejemplo, el poeta Garcilaso lo expresó así, en un famoso soneto (soneto I):


“Cuando me paro a contemplar mi’stado
y a ver los pasos por dó me han traído,
hallo, según por do anduve perdido,
que a mayor mal pudiera haber llegado;

mas cuando del camino’stó olvidado,
a tanto mal no sé por dó he venido;
sé que me acabo, y más he yo sentido
ver acabar comigo mi cuidado.”

Esta curiosa y bien difundida situación es una asimetría constante en la vida de cualquiera de nosotros. Mientras uno está ensarzado en una tarea, dedicado de lleno a una actividad, nos olvidamos de nosotros mismos. Incluso es parte de filosofías y de religiones. Me gusta citar a Dodds (”Los griegos y lo irracional”) que nos recuerda cómo se imaginaban los griegos que era el ser humano: un amasijo de partes que podían llegar a ser independientes, como si dijéramos “eso lo hizo mi mano, no yo”, siendo yo sólo una de tantas partes. Como de otra manera razonó Cassirer (”Filosofía de las formas simbólicas”) acerca de la evolución de la conciencia a través del examen de idiomas diversos, persiguiendo el rastro de la noción de yo a través de las distintas formas cómo se construyen los pronombres. Y esa idea tan detestable del “inconciente” que hace lo que no queremos hacer y que comete equivocaciones para decir lo que sentimos aunque no lo admitamos, esa idea antigua que nos la puso Freud como un “recuerda, general, que eres mortal” a cada uno de nosotros, habitantes de un siglo orgulloso de su ciencia. Todas esas citas y recuerdos me vienen a la cabeza cuando leo una noticia alemana que cita a un instituto israelí, el instituto Weizmann (noticia que leí aquí):


“El neurólogo Ilan Goldberg, del Instituto Weizmann en Israel, sometió a voluntarios a experimentos en los que debían observar diversas fotografías. Al reconocer en ellas una figura conocida, como la de un animal, debían apretar un botón. Se trataba de una simple tarea cognitiva. Al aumentar la velocidad de la secuencia, la concentración también aumentaba.

Luego, en otra prueba de menor velocidad, se les pedía que relacionaran las fotografías con un sentimiento. La intención Bildunterschrift: Großansicht des Bildes mit der Bildunterschrift: de Goldberg era provocar en los voluntarios la introspección u observación de sí mismo. Como se esperaba, los lóbulos frontales presentaban mayor actividad que otras regiones del cerebro. Al pasar a una secuencia más rápida, el mecanismo de percepción del yo permanecía totalmente inactivo.

Según Goldberg, “las regiones del cerebro responsables de la introspección están separadas de las zonas responsables de la percepción sensorial”. El investigador explica además que, cuando el cerebro necesita todos sus recursos para llevar a cabo tareas complejas, la zona de la auto-percepción se bloquea. Es decir que dejamos de percibirnos a nosotros mismos.”


La ciencia nos dice algo que ya sabíamos, por la literatura, la filosofía, la religión. Nos lo dice de otro modo, claro. Nos lo dice mostrándonos el camino que ha seguido ese resultado. No nos dice a qué nos lleva (como lo expresa Garcilaso), no nos dice qué significa (como lo hace Dodds, Cassirer o el budismo). Nos dice cómo sucede, cómo se “arma” el suceso. Nos da una razón o explicación de cierto tipo.

¿Qué hará la tecnología con esto? No lo sé, depende de quién desee usar este “descubrimiento”. Por ejemplo, quizá pueda utlizarse en la tecnología médica para crear alguna forma de bajar de peso. No lo sé, pero se me pueden ocurrir otras ideas.

En la educación, es claro que esto puede ayudarnos a entender los problemas de la falta de conciencia cuando se incrementan los estímulos externos o se abusa de la necesidad de socialización: no queda tiempo para la instrospección, algo de lo que se carece en este época. Identificamos un estado de ánimo con una situación externa, basta ver los video-clips musicales para darse cuenta como se forma la “mente” del que los ve y oye. Y por el mismo estilo, la falta de lectura tiene que ver, dado que la lectura es un ejercicio de instrospección, de formación de redes de asociaciones en silencio. Redes que el niño o el joven de hoy reemplaza por las redes sociales y el internet. Que no desaparezca ninguna, pero que no se olvide de sí mismo, pues ya lo dijo Garcilaso en el siglo XVI:


“mas cuando del camino’stó olvidado,
a tanto mal no sé por dó he venido;
sé que me acabo, y más he yo sentido
ver acabar comigo mi cuidado.”

(Descarga los sonetos de Garcilaso de aquí)

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