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Aprender sin los otros

Es imposible aprender a solas. Esta afirmación es debatible y está debajo de las opiniones a favor y en contra del uso intensivo de tecnología para la educación.

Cada día aprendemos algo, digamos, aunque parezca que no y que los días pasan grises y redundantes. Y no necesitamos maestros. No parece que los necesitemos. Yo creo que sí. En la medida que no es “la mente” la que aprende, sino “todo yo”, y todo yo significa que aprendo con el cuerpo o que el cuerpo aprende: aprendo a esquivar a otros en la calle o a acercarme, aprendo a respirar a pesar de este smog incesante, aprendo a dar la mano de manera franca. Y en este aprendizaje, ¿cómo llego a su plenitud?, cuando el otro con el que aprendo o los otros que están ahí cuando aprendo tienen algunas reacciones, sin que hablen, necesariamente. Maestro puede ser cualquier otro que nos va notificando o advirtiendo de esa plenitud del aprendizaje, que nos va mostrando lo que nos falta o los errores, maestro involuntario o voluntario. Como sea, sin los otros, muchos aprendizajes no existirían.Alone in the Forest Of Life

Si necesitamos maestros en los actos cotidianos e imperceptibles, también los necesitamos en los que se dicen extraordinarios y profundos. Hagamos de cuenta que nos vamos a una isla repleta de libros, y leyendo la vida se nos pasa. La mente se empieza a poblar de seres fantasmales, virtuales, incorpóreos, que toman el lugar de nuestras sensaciones. Aprendemos de los libros, pero el extremo es dejar de vivir, o vivir en otro sentido, fuera de la tierra. Como el Quijote o como Madame Bovary, que vivían de sus sueños. En el famoso escrutinio de los libros de caballerías, percibimos como los libros empiezan a encontrar lugar en el mundo: lo encuentran en la discusión, cuando cada lector exhibe su experiencia, sus expectativas, su escala de valores. Cuando pensamos, el pensamiento que formamos necesita cuerpo, también, y ese cuerpo son las resistencias y asentimientos de los otros, si no fuese por ello, los pensamientos son gases de colores que se quedan flotando sin memoria y sin destino final. Son “cómos” sin “qués”.

Cuando una computadora queda a cargo de un niño por un largo período de tiempo, puede suceder que este niño la emplee ocasionalmente, conforme la necesite, pero si esta computadora lo engancha en sus aficiones, el vínculo se torna constante o, finalmente, permanente, y el niño podría no dejarla nunca. La necesitaría para comunicarse, para expresarse, para reconocerse. Si bien al principio, podría ser una compensación a sus inseguridades o insuficiencias, puede tornarse una prótesis o una muleta, que no ayuda a desarrollar capacidades atrofiadas o dormidas. Si creemos que con una computadora a tiempo completo y sin necesidad de guía, el niño será mejor ser humano, estamos confundiendo “ser humano” con “funcionar como humano”. La computadora no lo critica, la comunicación con los otros a través de la computadora no es suficientemente riesgosa (puede interrumpirla cuando quiera) y en ella el otro no lo exige. La computadora, como máquina de propósito múltiple, puede evolucionar con el niño y adaptarse a él, pero no lo ayuda a cometer errores humanos, a sufrir decepciones, a encontrar resistencias. Y tampoco le proporciona el placer de compartir, sino solo señales de sus emociones.

Ciertamente, el niño construye su conocimiento. Y la computadora lo ayuda a construir. Pero recordemos que todo lo que construye con la computadora siempre es un destilado de experiencias. No es una inmersión en el mundo, es un extracto de él. La computadora ayuda a escribir poemas, a componer música, a pintar, pero no a experimentar lo necesario para el poema, la música o la pintura. Y hablamos de baile o danza, dibujo coreografías que me ayudan a formular mi idea, pero no reemplaza al cuerpo. Es un reemplazo necesario cuando el cuerpo está dañado, y puedo crear visiones en 3D de los movimientos que quiero, visiones a partir del movimiento del ojo, el temblor de la mano o la respiración, pero siempre necesito el ojo, la mano, el pulmón. Amplifica al cuerpo y, me temo, en esa amplificación puede existir una perturbación. Si vamos al final del camino, y el vínculo con la máquina no sólo es constante sino que es permanente o, incluso, la máquina está en el hombre, llegamos a hacer desvalido al hombre: la máquina es mi entorno, sin ella no puedo vivir.

Entonces, ¿construir el conocimiento y mostrarlo es mejor que compartir la experiencia de ir construyendo el conocimiento? No lo creo. El mismo acto de construir, si vemos la analogía con las casas, es social. Ni siquiera el plano concebido por el arquitecto es solipsista, autónomo. Ha implicado las posibilidades de construir. Imaginar cómo se haría. Involucrar personas. La identidad personal es una red de momentos con los otros entrelazada con los nudos de los momentos a solas.

La herramienta no me hace humano. Me hace humano atreverme a estar cara a cara con los otros, y, a pesar de lo distinto que somos, aprender de ellos y con ellos. Sin esto, aprender a solas es una aprendizaje vacío, una vida solitaria.

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Oyendo: Wolfgang Amadeus Mozart – [O Rapto Do Serralho CD1 #09] Welch Wonne, Welche Lust [foobar2000 v0.9.4.2]
via FoxyTunes

Y la foto es de Kitsune, ¡Gracias!

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