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FE Y EXPERIENCIAS HUMANAS

Más allá de las argumentaciones y debates sobre la verdad y la fe, me llama la atención una advertencia propuesta, entre muchos, por Chesterton (famoso escritor y ensayista inglés de inicios del siglo pasado, converso al catolicismo):

“Nosotros realmente no queremos una religión que tenga razón cuando nosotros tenemos razón. Lo que nosotros queremos es una religión que tenga razón cuando nosotros estamos equivocados”

Lo que esta cita sugiere es un fondo común a todos los seres humanos: la necesidad de una guía. No es fácil vivir y la conciencia de vivir no hace menos fácil la vida:

“Dichoso el árbol que es apenas sensitivo
Y más la piedra dura que ésa ya no siente
Que no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo
Ni mayor pesadumbre que la vida conciente.”

Dirá Rubén Darío en “Lo Fatal”, que expresa esa angustia del ser conciente, que además de los peligros de cada día, debe sortear también los peligros de su conciencia, sus temores, sus presentimientos, sus fantasmas, sus remordimientos. La vida es una continua elección, y cada elección nos lleva por un camino, dejando otros. Y, luego, después de haber avanzado cierto trecho, al empezar los obstáculos que existen, sentimos el deseo de volver y tomar otro camino. Pero eso es imposible y esta imposibilidad genera dudas, arrepentimientos, conflicto, agresividad, lo cual se incrementa cuanto más profundo es el obstáculo que nos espera: cansancios, abatimientos, el dolor o la pérdida de seres queridos.

Para empezar el camino de la vida, sueltos de las límites de la casa familiar, debemos elegir una guía, una idea, una creencia. Puede ser afincarnos en la razón humana, puede ser respetar la autoridad de los más ancianos, puede ser abrazar la creencia en un ser supremo e infinito. Son distintas soluciones que los seres humanos encuentran y siguen.

La creencia religiosa no es sólo consuelo. La experiencia religiosa significa no sólo entregarse a un poder y una sabiduría mayor que las nuestras humanas. Si así fuera, bastaría una serie de rituales o de ademanes mágicos. La religión como actividad humana llega a acumular una serie de experiencias y las unifica, las convierte en una manera especial de explicar el mundo.

“No hay ningún otro caso de una continua institución inteligente que haya estado pensando sobre pensar por dos mil años. Su experiencia naturalmente cubre casi todas las experiencias, y especialmente casi todos los errores. El resultado es un mapa en el que todos los callejones ciegos y malos caminos están claramente marcados, todos los caminos que han demostrado no valer la pena por la mejor de las evidencias; la evidencia de aquellos que los han recorrido.” (CHESTERTON, ¿Por qué soy católico?)

Y esta manera de explicar el mundo parte de lo inefable, de lo que no se puede explicar, de los límites de lo humano. Tiene sus raíces en la limitación del hombre, pero esta limitación no la explica. El hombre doliente, angustiado, curioso, inquisitivo, capta en el trasfondo de la realidad lo que no puede explicar y se une a otros y comparten esa realidad encontrada.

Esta experiencia es constante en la naturaleza humana. Cualquiera que sean las formas en que el hombre se comunique, esa experiencia sale a relucir. Lo hemos visto en el conjunto de imágenes que a lo largo de siglos perpetúan y expresan la percepción que las personas tienen de sus santos o personas venerables, más allá de sus características físicas. En ellos, los creyentes encuentran una señal de lo divino, un puente entre este mundo y el final del camino que han elegido, una promesa cumplida que los alienta a continuar en la misma ruta y que alimenta su fe.

En este mundo digital, donde no tenemos el contacto físico directo, trasformamos nuestras actividades religiosas y encontramos maneras de comunicar que nos sorprenden. En muchos casos donde se publica una biografía o un artículo sobre santos o personas que son objeto de veneración ha motivado comentarios que son plegarias, pedidos, ruegos, dirigidos a dicho personaje, como si el lugar donde aparece fuese santo también. Es la importancia de ser señal de lo divino, que impregna de un aura especial lo que está en contacto. Es una cualidad de lo inefable. Así como en las paredes de la tumba o la casa del personaje se llenan de mensajes, así el lugar donde leo sobre él y puedo escribir, me da una oportunidad para caminar sobre el puente entre el hombre y Dios que es dicho personaje. La fe actúa de ese modo. Empuja, mueve, en muchos casos de manera conciente pero imperceptible, desde el fondo de la conciencia. Desde una conciencia impregnada de emociones, sensaciones, experiencias inexplicadas.

Ser humano implica ser creyente, porque siempre existe una respuesta de fondo ante lo inexplicable, como en este mensaje, donde manifiesto mi creencia en la capacidad humana de comprender, mi fe en la mente curiosa, angustiada, creativa y emocional del hombre, que puede vivir en la contradicción permanente de su existencia.

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