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Encrucijada de actitudes

Me encuentro rodeado de paredes. No hay una ventana. La puerta está cerrada. Estoy cansado. ¿Debo sentarme a esperar la muerte? La respuesta de algunas personas es sí, aunque no lo admitirán. ¿Cómo he llegado a esta conclusión? Sigan leyendo.

Sucede que en el trabajo tenemos un problema. Digamos que es necesario lograr que los docentes participen más en nuestro portal. Alguien propone que nos comuniquemos con ellos para saber qué intereses tienen. Otro arguye que la mayoría no tiene medios de comunicación a su alcance, es decir, celular, e-mail, etc. Decimos que hemos comprobado que sí, los tienen. Retrucan que no los usan. Decimos que suelen hacerlo, porque en las cabinas públicas (telecentros) un buen porcentaje de usuarios son docentes. Además, muchos de nosotros, incluso el retrucador, reciben mensajes de ellos, sólo que de carácter amical. Ah, dice el argumentador, eso pasa, aunque lo tengan, nunca van a usarlo para comunicarse de manera “profesional”. Y, agrega, no les interesa comunicarse con nosotros, no tienen tiempo, tienen demasiado trabajo, etc. Nos mira con cara de satisfacción, algunos colegas están de acuerdo. ¿Entonces? le decimos. Ah, hay que seguir haciendo lo que estamos haciendo, responde.

Este círculo vicioso es general. Lo encuentro en todos lados. La persona que toma esa actitud no se da cuenta que:


  • Está perdiendo su trabajo, porque lo que hace depende de una idea que debe dar resultados, como él no hace nada para que se obtengan, su cargo es inútil.


  • Uno propone soluciones para hacer algo, para probar que las ideas preconcebidas están equivocadas, para cambiar situaciones. Si, de antemano, nada puede cambiar la situación, mejor cambiar de trabajo.


  • Si piensa que no se puede hacer nada, si está totalmente seguro que nada cambiará la situación, entonces, ¿cómo ha cambiado el mundo? El cambio empieza… cambiando, pues.

¿Cómo sabe, desde su lugar, el amplio abanico de realidades que lo espera? Nadie es Dios. Nadie tiene la seguridad de la historia entre las cejas. Siempre hay alguna forma de modificar las situaciones. Aquí se enfrentan dos supuestos:

Primero: nada puede estar mejor (la pasividad)
Segundo: nada está quieto (la actividad o pro-actividad, digamos).

Y cada una de estas ideas implica una forma distinta de relacionarse con el mundo.

El primer supuesto deriva en que la vida es una repetición de momentos. Lo mejor es repetir los momentos que nos gustan, y evitar o disminuir lo que no nos gustan o nos producen “desasosiego”. Entonces, distingo entre “trabajo” y “ocio”, pues nunca hago lo que me gusta.

El segundo supuesto deriva en que la vida es un continuo de retos y sorpresas. Lo mejor es encontrar dónde está la solución o la pista que nos lleve a mejorar o cambiar la situación, es decir, se disfruta el camino tanto como el resultado. Entonces, casi siempre hago lo que me gusta, porque sino me gusta la situación me “entretengo” con ella al tratar de modificarla o asumirla para que me guste.

La primera actitud es esperar la muerte. La segunda actitud es aprovechar la vida. ¿Exagero? Bueno, quizá, pero ¿de qué otra forma encuentro el camino a la comprensión sino buscando y rebuscando? Además, usted me rehúye: ¿cuál es su actitud?

Y ahora me hago la pregunta más difícil: ¿podremos cambiar la primera actitud y convertirla en la segunda?, ¿quienes tienen la primera actitud están perdidos para siempre?, ¿cómo cambiamos? Mmm, ¿podemos pensarlo entre todos? (Quizá lo primero es “admitir nuestra actitud”)… al menos ya tenemos tarea para la casa y yo para otro post.

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