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El gato de la calidad educativa

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Miren al gato, de puntitas en el grifo para no caer en el agua, que odian los gatos. ¿Pero quién lo manda a estar allí? Y en esa posición comprometida, no le queda sino mirarse la cola y esperar que nadie lo vea siquiera, que lo desequilibran y cae.

[Espero que nadie haya esperado que iba a escribir sobre el “gasto” de la calidad educativa y se lleve un chasco]

Regreso al gato y a la calidad educativa. ¿Por qué he encontrado una afinidad? El concepto de calidad educativa parece ser evanescente, nunca sólido. Parece ser una sombrilla bajo el cual reposan guerreros y monjes, cortesanos y cortesanas, el público culto y sensible y el público inculto e insensible. Digamos que es un término maleable, como la palabra “democracia”. Pocos quieren mojarse con la realidad y hacen malabares como para que no se puedan “falsar” sus nociones de calidad educativa. Si vemos un periódico, si escaneamos las frases hechas y las expresiones políticas de estos tiempos, la frase salta muchas veces pero nunca escuchamos en nuestra mente el “splash” de la comprensión, nos deja una sensación de neblina. Y sin embargo si se refiere a algo real. No tanto a la calidad del servicio, porque es relativa, es decir, depende de algo más tangible: los resultados, con no es la satisfacción del cliente (el estudiante o el padre de familia) sino el impacto de los estudiantes como ciudadanos. Existe calidad educativa cuando los servicios educativos forman individuos responsables y autónomos que pueden mejorar sus servicios educativos luego. Existe calidad educativa cuando no perdemos el tiempo en discutir lo que es, sino que buscamos ver dónde están los resultados y nos guiamos por ellos. La calidad educativa no es un concepto nominal sino pragmático o funcional.

¿Tendrá que ver este concepto con mis horas de aula, mis horas de revisión de tareas, mis horas con los padres? ¿Me sirve este concepto? ¿Me es útil? Si, si no se refiere a unas características inmutables o fijas del servicio que doy, sino a las prácticas de búsqueda de resultados, es decir, si me sirve para separar actividades y costumbres eficaces y eficientes de otras que no lo son. Como lema de mejora continua y continua autoevaluación y “benchmarking”, es útil. Como banderita de desfile, mejor ni hablarlo.

Y ahora que caigo, también el gato va por otro lado: “no nos den gato por liebre“. Por eso, no suelo fiarme de tanto artículo que repite ideas con otras palabras, de tanto resultado de Google inútil porque el criterio de búsqueda es calcar la frase y no sus conceptos satélites (su red semántica). La invasión exponencial de datos no nos debe afectar si primero establecemos un marco propio de ideas sobre el tema. Eso es lo primero, luego a recopilar información. Sólo así distinguiremos a los verdaderos maestros del tema, sólo así somos verdaderos exponentes de la calidad educativa… de nuestra época.

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