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Me preocupa no pensar

OjoEs costumbre entusiasmarse con lo nuevo. En caso de ser moda, también existe lo retro. Y revivir viejas glorias. Y saludar el día con gritos de alegría, si se pasó una noche… El entusiasmo es bueno. Encontrar soluciones para los problemas, también. Todo está bien, entonces, cuando empezamos a implementar nuestra escuela con lo mejor de la tecnología, aunque lo más avanzado nos pueda dejar atrás. No importa, estamos orgullosos.

Es que será para nuestros hijos. Será por su mejoría. Les damos lo mejor posible. Sólo una pregunta: ¿cómo definimos “lo mejor”? Ciertamente, la respuesta suele ser: lo que todos digan que es lo mejor. Lo que encontramos ofrecido a los ojos con entusiasmo y poesía sugerente, con imágenes asociadas a la potencia, la rapidez, la comunicación inmediata, el instantáneo desarrollo de la planta desde la semilla a la madurez en un video. Sabemos que “no todo lo que brilla es oro”, como tradición recolectada duramente con generaciones de antepasados que resbalaron en el tobogán del progreso. Me temo que si caemos en lo mismo, es que hemos aprendido mal o los refranes no han podido con las emociones repentinas. Luchar contra la apetencia de estímulos siempre ha sido difícil. Y ahora es más duro, porque nacemos en un mar de estímulos que solo nos dicen: “toma, consume, disfruta”. Cuando éramos pocos, cuando aprendíamos de nuestra familia, cuando a cada uno nos llamaban por nuestro nombre y no por apellido, era más sencillo recolectar con refranes la cultura, y era más sencillo fortalecer la voluntad: que no estaba siendo invadida desde la cuna.

Es una situación permanente, es decir, nuestra realidad social. Y la única forma para mantener el ritmo de nuestro progreso es seguir la espiral de consumo, donde todos debemos entrar. Es una verdad incuestionable. Es decir, no se piensa en otra. Donde hay una verdad, comen dos. Porque sucede que si entendemos “consumir” con pagar para recibir, hay circunstancias en que recibimos sin pagar. O, dicho de otro modo, hay circunstancias en las que alguien da sin pedir. En las que se da con insistencia, con la esperanza de que todos den, del mismo modo.

¿Absurdo?, ¿utópico?, ¿acaramelado?, ¿insostenible? No creo. Si la única solución a la contaminación es producir otro tipo de contaminación, creo que hay algo erróneo en esa línea de acción. Una manera de encauzar una sociedad en permanente crecimiento es convertir a cada ciudadano en un ser productivo, creativo, generador de valor. Claro, entonces, entrenemos a todos y demos capacitación intensiva como fuerza de trabajo en constante evolución. Especialicemos a cada uno en una parcela de la productividad y será feliz en su rincón, armando o tejiendo o atornillando.

Así se retuercen las ideas que cambian la mentalidad de las personas. Como cuando el rock se vuelve terso, la pintura abstracta se convierte en fondo decorativo, el piercing se vuelve un espectáculo. Es la forma en espiral de Moebius del sistema de pensamiento “consumista”. Todo lo que se desgarra se convierte en objeto a consumir, a alimentar aspectos insatisfechos de grupos sociales, se prepara como las tortas en caja o el capuccino instantáneo. Como si Mozart no tuviera disonancias irreductibles a la repetición melosa.

Este mismo texto se convierte en un asunto de queja y entra en el compartimiento de las críticas, con toques de sarcasmo, que lo remiten a cierto tipo de cultura editorial. Así acaba todo, entonces. En un bloque.

Quizá no. Veamos. Si sacamos una idea siquiera de su colchón y la dejamos que corra por la casa… a lo mejor rompe algo y nos llama la atención. Por ejemplo, entender de otro modo ser productivo. Producir no es crear consumo, ni satisfacer a otros. Producir es crear al encontrar una necesidad interna, para desequilibrar esa necesidad por el momento. Es una forma de sublimación o de transformación que cambia el panorama de las experiencias, que introduce un fastidio al mismo tiempo que un gozo. Creamos para expresarnos, y cuando sentimos lo que creamos, nos parece que falta algo y que algo se ha logrado. Ahí es cuando otro entra y toca y sonríe y nos dice: mmm, sí, pero no. Entonces, volvemos a producir. Regalamos lo que producimos. Y el otro se va con ello, y otro nos trae lo que nos hace decir: ah, esto sí, entonces, ahora cómo viene conmigo.

A mí me asusta la música que debe escucharse a gran volumen, gran. A mí me altera una persona que me mira con los párpados llenos de piezas de metal. Me fastidia que me respondan con una mirada de inercia a unas líneas que me alteran. Ahora, será que me he quedado demasiado tranquilo. Y supongo que a la música de gran volumen le fastidia las minuscúlas líneas de una melodía que se mete entre las coyunturas y deja una sensación de indefinición. Probablemente altere también con mi raya en el pelo y carrillos blandos y tersos, a lo Rubens. Y los altere con esa insistencia fanática que tenemos algunos en que todo tiene un lado y todo tiene emoción. Reaccionamos expresando de alguna manera nuestra reacción. Es necesario interpretar cómo la forma lleva a la experiencia, y cómo la forma que no entendemos viene de una experiencia que podemos compartir. Y cómo se debe estar luchando todos los días para encontrar maneras que no sean apropiadas, es decir, que no sean recicladas por el consumo. Es como andar siempre entre los límites, rompiendo un poco aquí y otro allá, para encontrar cómo somos distintos y únicos. Con dificultad, porque la línea entre el mar y la tierra cambia siempre.

Me cuesta trabajo escapar de los engranajes todo el día. Es agotador. Entonces, a veces, casi siempre, vamos a comprar. Comprar como un desahogo. Y sentimos que el shopping es un rélax. Y que al tener algo, nos sentimos mejor. Como si lo comprado no sólo sea útil, sino que trae una especie de sortilegio que nos calma la ansiedad. La ansiedad del trabajo, la ansiedad de aguantar el deseo y dedicarnos a hacer algo que NO nos agrada.

De verdad nos rodea el consumismo, como una ropa, interior. Casi un alma. Casi nosotros mismos. Y, siendo así todo, todavía estamos en lo mismo. Creemos que lo mejor es tener más, tener lo último, usar y desechar, para volver a tener. El brillo de lo nuevo y recién sacado de su paquete es tan hipnótico. El mismo abrir el paquete es casi una emoción contenida. Así, queremos repetir todo, pues para nuestros hijos lo mejor.

¿Y lo mejor no sería que ellos pudieran ser felices? ¿Que dejaran de escaparse de nuestras ansias? ¿que encontraran otro camino distinto al nuestro? Entiendo que ser feliz es encontrar la plenitud. Pero la plenitud de la repetición no es plenitud, es redundancia. Es la marea baja donde todo se engancha y se queda. Entiendo la plenitud como una especie de infinito. Como un jardín de errores, digo, de flores, que dan semillas de nuevos intentos. La negación no es lo malo, después de todo. Es una forma del cambio. Lo grotesco, lo feo, lo divergente, son formas de lo extraordinario.

Sólo digo que hay que entender. O, como dijo el Principito: “lo esencial es invisible a los ojos”, en especial, cuando nuestros ojos sólo ven lo que quieren ver, lo que han sido educados para ver. Por alguna razón, los que ven el futuro son representados como ciegos. Es necesario tocar, oler, oír. Sentir. Confundir a nuestra mente con sobrepoblación de datos, así estará obligada a pensar, si no quiere hundirse en la ataraxia perpetua. O bien, no sentir nada, quitarle los estímulos totalmente, para que deba volver a sus pensamientos originales, a sus recuerdos, a sus sensaciones iniciales.

Volvemos de otro modo al principio. Ahora sentimos que lo nuevo no necesariamente es lo mejor, porque no es nuevo, realmente. Es la intensificación de lo mismo. O lo mismo con nuevo empaque. No hay cambio, no hay pena, no hay insatisfacción ni desequilibrio. Lo nuevo es la resistencia. O lo que se resiste a ser apropiado es lo realmente nuevo. No como juego, que es una mecánica de la seducción. No como examen, que es un certificado de la repetición. Lo que se resiste y lo que deja un resto que no encaja.

luchandoLo mejor es esa herencia: nuestros límites y nuestra mirada. No nuestros logros, que se los lleva el tiempo, no nuestros objetos, que la vida los rompe o que alguien los compra. Nuestra herencia es lo que no pudimos dejar: una humanidad por hacer, por encontrar, por dar forma. Casi una insatisfacción permanente, un desequilibrio continuo.

“La verdad os hará libres”, dijo. Quizá me pongo lírico. Quizá algo irrealista (y algo puede ser poco). Y no es cuestión de aterrizar los sueños, creo, para ser realista. Sólo digo: cómo quisiera pensar como un conejo.



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