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Explorar la realidad de mis estudiantes

Tengo una pregunta de Consuelo que me ha perseguido desde hace días: ¿qué pasa con aquellos niños entre 7 y 15 años que tienen problemas de comprensión y ya para ellos la lectura es algo díficil? Tenía que encontrar la manera de comprender la pregunta. La pregunta es clara, pero ¿cuál es el contexto desde donde puedo plantear una respuesta? Podría limitarme a sugerir estrategias, acciones, actividades. Pero creo que debo relacionar la realidad que implica la pregunta con mi realidad, mi forma de pensar, mis experiencias. Eso sí sería comprenderla, de otro modo, sólo estoy entendiendo la pregunta y entregando información a cambio.

Siempre me ha preocupado una especie de paradoja o de contradicción en la educación moderna. Yo supongo que la educación es una actividad en la que el docente consigue hacer surgir la individualidad del aprendiz. Es decir, en la relación docente-aprendiz, el aprendiz descubre en sí una forma de ser distinta y plena, donde se conoce en sus capacidades y en sus valores. Pero eso no puede hacerse cuando existen tantos alumnos, cuando me dedico como docente a entregar información y me satisface suficientemente que esté ordenada y parezca asimilable (lo cual es un mérito, dicho sea de paso). Entonces, es imposible, en estas condiciones, formar personas, sino que solo se prepara personas para ejercer funciones definidas (como si estuviéramos horneando un pastelito).

El primer paso para la formación del individuo es el reconocimiento del otro como distinto. Si el docente parte de creer que sus alumnos son “tablas rasas”, “oyentes”, “discípulos ansiosos”, etc., entonces esta suponiendo que la relación pedagógica la determina él. Y como la relación pedagógica, como cualquier otra relación social, requiere de la aceptación de los roles por parte de las personas involucradas, termina desengañado.

Creo que primero hay que descubrir cómo nuestros estudiantes se imaginan su rol como aprendices, qué piensan sobre estar ahí sentados, cómo creen que pueden pasar mejor el tiempo que “co-habitan” con el docente. Es decir, empezar a comprenderlos.

Pero no a la manera que tan bien critica Ricardo Moreno Castillo, en su PANFLETO ANTIPEDAGÓGICO, por ejemplo, esta cita:

“Un estudiante que comienza el curso deplorando que las vacaciones no sean más largas y que va a clase los lunes de peor humor que los viernes no estará motivado, desde luego, pero indudablemente disfruta de una envidiable salud mental. Lo alarmante sería lo contrario, que aguardara impaciente el fin de las vacaciones para poder divertirse estudiando las declinaciones latinas o resolviendo problemas de trigonometría.”


Su realidad es ésa. Estudiar es algo fastidioso, porque supone hacer que no me gusta y, encima, obligado. Y creer que va a ser divertido en sí mismo y todo es tan hermoso, es irreal y una mentira. Es algo difícil. Leer es algo difícil. Y supongo que el estudiante se pregunta: ¿por qué tengo que hacerlo? y como todo ser humano dirá ¿qué voy a ganar con esto? o ¿cómo lo hago para no fastidiarme tanto?

Un ejemplo. En el blog de Felipe Zayas, él se propone hacer que los alumnos escriban un cuento fantástico. Ciertamente, no tengo la información completa. Pero parece que a Felipe le preocupa cómo conseguir interesarlos en seguir las características de dicho tipo de cuento. Y se plantea armar un “corro”, es decir, reunir a los estudiantes a su alrededor y conversar. Eso disminuye la distancia comunicativa entre el docente y el alumno, pero no soluciona el problema. Y el problema es lo que los estudiantes entienden como rol social cuando el docente les pide hacer eso, escribir un cuento. Siempre es “hacer lo que pide el profesor”. Y si él se acerca a ellos, ellos podrían pensar “ajá, ahora me quiere convencer”, como si les ofreciera un caramelo.

Un niño de siete años querría estar jugando, querría estar mirando TV, no sé, ¿qué querría hacer ahora? Uno de doce o de quince, seguro querría estar hablando con sus amigos y amigas, y sobre sus amigos y amigas.

Retomo el caso de Felipe y el cuento fantástico. Quizá, digo quizá, los alumnos no entiendan lo fantástico como una forma de realidad. Me explico: cuando ellos piensan en lo que les pasa, ¿cuándo dicen que un suceso es “fantástico”? Algo fantástico probablemente sea equivalente a maravilloso, o impactante, o posible y deseable, o simplemente inusual. No sé. ¿Qué dicen ellos de lo que es “fantástico”?
Ahora, si digo que al abrir un armario encontré un millón de dolares, ¿será fantástico? ¿Y si me encuentro un unicornio, un sonámbulo cantando la cumparsita, un gallo con cara de reloj hablando con su pata? ¿Será igual lo fantástico en Europa a lo fantástico en el Amazonas para una tribu asháninka?

Y luego, les digo que tienen que hacer un cuento. Si respetan lo culto o la autoridad o cierta seriedad, quizá traten de armar un texto a la manera de quien construye una casa. Supongo que no como ven los videoclips o los argumentos de los anime o los videojuegos, donde la acumulación de situaciones no se basa necesariamente en los principios de optimización narrativos occidentales. Yo no entiendo los anime, pero me causan una extraña atracción y hastío, al menos quiero entender porqué (por qué hay tanto pokemones, tantos nombres, poderes, personajes, etc.).
¿Dónde estará para ellos la idea de escribir un cuento y dónde sentirán lo fantástico (más acá de la computadora holográfica y el auto que ubica tu casa por Google Maps)?

Creo que antes de empezar a leer, podemos empezar a escuchar lo que nos tienen que contar. Mejorando o perfeccionando lo que ellos quieren contar podemos animarlos a leer algo que tenga relación con lo que nos cuentan. Creo que sólo entonces harán el esfuerzo de intentar entender (que es descifrar), comprender (que es interpretar). Pero ese esfuerzo estará apoyado porque van a empezar desde lo conocido hacia lo desconocido. Por ejemplo, un niño puede preguntar: ¿Qué significa esa frase que encuentro en la calle: “Fumar es dañino para la salud” o “El que sigue la consigue”? Podemos ayudarlo recurriendo a frases célebres o citas (Wikiquote es excelente, por ejemplo, y nos puede conducir a las biografías). Ahí empieza el aprendizaje significativo. Es un tema que me hace mirar hacia dentro, de ellos y de mí.

Todavía me falta ir más allá de las ideas en crudo que pongo aquí. No serán nuevas, pero las quiero porque me nacieron en el calor de unas neuronas mías preocupadas por la pregunta de Consuelo.

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