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Alfabetos y nativos y todas las TIC

¿Cuándo empezó todo? ¿En qué momento las máquinas han llegado a ser tan importantes? Y lo son, porque ahora definimos a las personas por el “dominio” que tengan de ellas (me pregunto quién domina a quién). Te preguntas si eres un alfabeto digital o informacional o tecnológico, te preguntas si estás del lado de aquí o de allá de la brecha digital, te preguntas si vivirás lo suficiente para que tu hijo te enseñe a usar el iPod. Quizá te preguntabas antes por qué no podías entender el manejo del control remoto o del micro-ondas. Quizá te sentías menos que otros. Y tal vez antes (incluso ahora, por ejemplo yo) te sientas como que te falta algo si no sabes manejar un auto. O disfrutar del cine. O encontrar la emisora de radio que tenía tan hermosas canciones melodiosas (de las que ya no escriben).
El asunto no es ser alfabeto o analfabeto, o nativo o migrante, o manejar una máquina. El asunto, creo yo, es que la máquina nos define y nos pone límites. Lo cual no está mal, en principio. Porque los limites son el inicio de algún camino (así como el final de otro, por eso mismo). Ponernos límites no es un hecho macabro ni nos convierte en zombies. Sólo poniendo límites creamos realidades, creo yo. En fin, la idea está establecida. El asunto es que las máquinas son parte de la definición de “humanidad”. ¿Será cierto? El hombre es el animal que maquina, mmm. Digamos que convierte objetos en extensiones de sí mismo, hace funcionar el mundo en relación con sus deseos. Y transforma su entorno a su “imagen y semejanza” (a espejo de sus insospechados y ocultos deseos, de sus ilímites no expresados, pero eso es otro tema).
La pregunta que viene es: ¿la máquina “desnaturaliza” al hombre? Es decir, lo saca de su “verdadera” esencia. Creo que es un planteamiento válido, pero inútil, porque nos lleva a una continua regresión: depende de los principios (de la forma de vida, diría Nietzsche) de cada quien. Me parece que hay otra forma de tratar el tema, sin hundirnos en los supuestos y las teorías.
Veamos.
Empiezo con una pregunta tautológica: ¿Todos los seres humanos existentes son valiosos? No creo que nadie me diga, en primer intento, que NO, que algunos son más valiosos que otros. Pero temblarán cuando les ponga a escoger entre un violador y un no-violador, entre un genocida y un altruista, entre un boy scout y un outsider. Cuando empezamos a sentir en carne propia, según nuestros deseos y esperanzas, las consecuencias de una selección, ahí es que se muestra en toda su extensión cualquier afirmación sobre los valores y los principios. ¿Cuál es mi respuesta a la pregunta “todos los seres humanos son valiosos”? Creo que es irrelevante responder sí o no. Si respondo SI, tengo que dar criterios para justificar por qué algunos deben ser valiosos, al menos, ante otros seres humanos. Si respondo NO, tengo que dar criterios para justificar lo contrario, en la medida que cada ser humano es una expresión del universo y la vida. El problema real, concreto, es ¿a qué sociedad lleva una elección u otra?
Regreso a las máquinas. No es importante que el ser humano se defina con o sin máquinas. La cuestión que le importa a cada ser humano es si alguna elección conservará algún nivel de satisfacción o felicidad suficientemente distribuido como para que sea soportable o estimulante querer seguir manteniendo la vida. Si una sociedad produce un ambiente en que sus miembros prefieren eliminarse o dejar de percibirla o huir de algún modo, estamos en una sociedad que se disuelve a sí misma y que no tiene sentido continuar, porque si se continúa, igualmente desaparecerá.
Así, la pregunta cambia: ¿soy más feliz con las máquinas? ¿qué cantidad de gente es más feliz con ellas? ¿la existencia de las máquinas discrimina a las personas de ser personas?
Si usted me lee, entonces no es un analfabeto digital o informacional. Puede ser un migrante digital, pero ciertamente está del lado “sombreado y agradable” (en diverso grado, claro, no necesariamente el más agradable) de la brecha digital. Los que no me leen o no pueden leerme, o si me leen no entienden cómo utilizar el texto que ofrezco o cómo llevarselo (como se lleva el pan a la mesa), ellos (que somos nosotros, también, pero en grado menor) son el verdadero resultado de un mundo de máquinas. Recalco que no estoy hablando de cuestiones como la industrialización o la contaminación, que son graves, sino de que se ha creado un entorno donde la tecnología, en su predominio de la mediación a través de aparatos, está implicando que algunos seres humanos (los que puedan manipular mejor las máquinas) definan lo que es “humanidad”.
Es cierto que antes, siglos antes, estos humanos fueron soslayados como dementes, como chiflados, como marginales. Es cierto. Pero eso no debe limitar a quienes no pueden o no quieren ser-como-tecnológicos. Y si observamos cómo aparece el imaginario social en los medios de comunicación, veremos cuál es el camino a ser exaltado. Y ni siquiera es que los niños amen la tecnología, porque son nativos o nacen con ella, esa idea es falsa. Muchos adolescentes detestan la tecnología, pero la usan en la medida que es útil. Se acoplan. Les es más fácil dominarla, porque su cerebro es maleable aún. Pero el uso preferente no implica amor por lo que se usa. A ellos no les está quedando elección: deben vivir con la tecnología, que es el entorno natural del hombre, ahora. Ahí está el problema: ¿queremos ese entorno como naturaleza humana? ¿puede haber otro para los miles de millones de humanos? ¿hay un nivel mínimo de felicidad fuera o dentro de la tecnología?
Las TIC son la mediación necesaria para vivir en una ciudad hoy en día. Es el aire contaminado que respiramos. Raro es sentir el mundo sin una TIC en una ciudad. Cuando camino por la noche, bien de noche, por las calles de Lima, y miro jardines pequeños y árboles en ellos, gatos y cucarachas escapando, perros dormidos, una luna casi llena encima y raramente sin nubes, me pregunto: ¿estamos encerrando la naturaleza en el museo de nuestra vida? ¿será importante sentir lo que ha dejado de ser natural para nosotros: la naturaleza?
Entonces suena mi celular y me recuerda que tengo que alimentar a mi conejo, que es tarde y que mañana tengo que trabajar. Y aunque sea, aliviado, un alfabeto y casi-nativo digital, no soy libre, estoy atado al tiempo estructurado de la vida urbana. Y que no puedo hacer lo que en algún momento quisiera. Si no tengo esa elección, esa elección de cerrar un camino y empezar otro, me siento como mi conejo en su espacio, y podría dejarme llevar.
Pero no.
La pregunta es ¿cómo no?
Eres bienvenido a compartir...

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