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El problema de las soluciones

Solucionar un problema no significa terminar con él. Por ejemplo, dejo a mi amigo porque nos peleamos. O eliminar el problema del racismo expulsando a todos los del otro “color”. O acabar con el conflicto sentimental cambiando de pareja.
Otro error es pensar que realmente no es un problema. Es decir, redefino el asunto y ya. Discutimos anoche y hoy en la mañana como si nada. Me siento mal cuando desconfía de mí, entonces lo convierto en un síntoma de su necesidad de mí y me siento, supongo, mejor.
La solución de un problema no es eliminarlo o volverlo borroso. Eso suele crear nuevos problemas en una espiral cuasi-fractal.

Sin embargo, sin ir muy lejos, es lo que se hace en educación, en especial a la relación entre tecnología y educación. Poner parches a los problemas reales. Por ejemplo, decir que el problema es “falta de acceso a las tecnologías”, es como decir que el problema del hambre se arregla dando comida a todo los hambrientos. Eso puede funcionar en los primeros momentos, pero cuando se acabe la comida, el dinero, o no se pueda comprar nueva tecnología, tendremos dos problemas: el anterior y el resentimiento.

En nuestra institución educativa trataremos de evitar falsas soluciones. Para mejorar la educación, nos proponen, hay que cambiar las metodologías “anticuchas” como la pizarra y la tiza por las metodologías modernas, como el aula virtual. Nos embarcamos en la compra de computadoras. ¿Dónde las ponemos? A construir un aula nueva, o a desalojar una antigua. ¿El software? Bueno, podemos usar el que vino en las computadoras, aunque no tengamos licencia. ¿Cómo es posible un aula virtual sin Internet? ¡Es i-m-p-o-s-i-b-l-e! Consigamos la línea. Hay que pagar mensualmente. Mmm, los alumnos entran demasiado a los videojuegos… No hay problema: les instalamos un software que filtre los contenidos. COnversan demasiado por chat… mmm, cortamos el chat. En fin, ¿cuándo aprendemos entonces? Ah, nos olvidamos de los docentes, tienen que ser capacitados. ¿En qué? En lo que piden en el trabajo, pues… como si todos fuéramos a ser oficinistas en el Perú.
Después de embarcarnos en un viaje así, cuando la obsolecencia (el retiro forzoso) llegue a las computadoras, hay que comprar otras y de nuevo empezamos el ciclo. ¡Que alguien nos ayude a salir de este círculo! Pero no estamos solos, claro. Es el mismo problema que tienen los planificadores que identifican el problema nacional de integrar la tecnología en la educación. Para ellos, el problema es el mismo: “acceso y uso insuficiente de TIC en las instituciones educativas”, es decir, ni tienen ni usan computadoras. Solución: tener y usar computadoras. Pero el problema educativo no es ése.

El problema educativo debe enunciarse de forma distinta: “aprovechamiento inadecuado de las TIC por parte de los actores del sistema educativo nacional”. El problema no es saber manejar una computadora sino aprender con la computadora, cuando sea necesario.
El problema educativo del empleo de las TIC es un problema de gestión del conocimiento y no un problema de infraestructura o equipamiento. De otro modo, pondremos la carreta delante del caballo. La tecnología es una actividad social, no un conjunto de aparatos. ¿Cómo hacer para que docentes, alumnos, padres de familia, autoridades, investigadores y etc. vean la tecnología como una extensión del pensamiento y no como un reemplazo de neuronas o facilitador de aprendizajes? Esta percepción, debida al ensalzamiento de la “magia” de la tecnología, está invadiendo como una plaga los cerebros, haciéndolos simples consumidores de tecnología. Adictos a la tecnología, no serán creadores de ella.
La tecnología es un asunto difícil, y su aprovechamiento un problema real que no podemos disolver abriendo una bolsita de chizitos y sentándonos a chatear.

El primer paso es reconocer el problema. Curarnos de esa adicción empieza por ahí. Otro paso es reconocer que cualquier uso no es metodología pedagógica. Sólo viendo resultados se pasa por ahí: antes este alumno nunca se expresaba, ahora escribe, se comunica, empieza a aportar. La mera satisfacción no es una medida pedagógica. Y un paso más allá es emplear menos la tecnología y obtener los mismos y mejores resultados. Eso es óptimo. Eso es aprovecharla. Claro que hay más pasos, pero todos tenemos caminos diferentes para llegar a Roma. Ahí nos vemos, para conversar ahí sobre nuestros viajes. Bon voyage!

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