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Aprender a vivir la belleza

En la web “Escuela de escritores” encontré un concurso realmente estimulante. Cada participante pone una palabra, esta palabra debe ser la más bella del idioma a juicio del participante, y escribe sus razones o sinrazones (en menos de 300 palabras). Aquí desembocan todas las razones o explicaciones de la belleza: la sonoridad, el significado, el misterio, la realidad o realismo, los valores, las emociones, la cultura, la historia, etc. Vemos que el universo mental es amplísimo, cada quien propone su palabra desde su experiencia, y ciertamente muchas palabras reciben explicaciones contradictorias, o bien encontramos palabras que muchos considerarían feas inclusive. Ese asunto de la belleza es realmente subjetivo. Sin embargo, todos asociamos belleza con una especie de plenitud de la experiencia, sea en un plano conceptual, emocional, social, sensitivo, etc. Es como si en ese punto se intensificara lo que nos impacta, el tipo de experiencia que nos alcanza o para el que estamos predispuestos. Es como si la belleza de esa palabra o de ese objeto fuera como el suspiro que hace abrir la flor (podemos traducir “suspiro” como “rayo de sol”, “olor específico”, “mosca sobre el pétalo”, “sacudida”, etc.)

¿Tiene alguna finalidad la belleza? Simplemente es un hecho. A todos nos pasa recibir esa emoción impensadamente, paladearla en secreto, ruborizarnos, temblar, lllorar, sentir seca la garganta, dejar de oír o aislarnos de todo lo demás, o toda una panoplia de expresiones físicas. La belleza no existe para que esas expresiones aparezcan. Son un síntoma de nuestra forma de ver el mundo. Así como encontramos en ese punto una realidad que nos atrae, vertimos por nuestro cuerpo la experiencia que nos enciende. La belleza es el momento en que coincidimos con el mundo.

Podemos monitorear, por todo lo dicho, nuestros oscuros interiores, la conciencia o la mente, a través de esas reacciones. No solemos hacerlo a diario. Solemos “controlarnos” y hemos aprendido a disimular nuestras reacciones. Tal vez sea porque quedamos expuestos a ser controlados por otros al darse cuenta qué nos afecta. En un universo urbano, es frecuente cruzarnos con los quienes suponemos “los predadores” (en esa fácil antinomia ánglica: “winners” y “loosers”). Dar trazos de nuestra mente es entregar la vida, ¿no? Es mejor vivir en un discreto gris o en un discreto azul, sumergirnos en los arrecifes y dejar que nuestra conducta se confunda con el fondo del paisaje. Pero eso sólo agrava el problema: no podemos explorarnos y ni construir nuestra individualidad. Dejamos de conocernos y nos creemos iguales. Y el mundo se pierde de nosotros. Y realmente terminamos siendo una piedra más en el paisaje.

Quizá sea bueno una locura dionisíaca entonces. Tal vez sólo un estallido pueda dejarnos volver a nosotros y recordemos quiénes somos. Eso crearía un mundo de clímax y anticlímax, donde somos grises-azules en un momento y multicolores en otro. Un eterno ciclo de sube y baja.

Quizá no tengamos que llegar a eso. Dejemos que la belleza inunde poco a poco nuestra vida. Y aprendamos a vivir de los momentos de belleza de los otros. Aprendamos que la palabra “cianofita” es bella, aunque no por qué… todavía.

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