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La tecnologia como experiencia humana

El mundo es un lugar amplio. Tan amplio como para garantizarnos que nunca podremos aburrirnos. Incluso una esquina no deja de ser interesante, aunque uno viva en el mismo departamente más de diez años. Desde la ventana puedo ver el tráfico (vivo en un piso 13), el incesante ir y venir de masas de metal y luces. Dentro de cada máquina hay personas, que no conozco, que no sé de dónde vienen o adónde van. Es raro, pero nosotros tendemos a encerrarnos aunque nos estemos moviendo. Subimos a estas máquinas, llegamos a nuestros destinos, abrimos y cerramos la puerta y nos encerramos en otras máquinas de dormir, descansar, trabajar, etc. Somos una especie que no está contenta del ambiente tal como lo recibió. Empezamos a hacer esto desde hace tiempo. Nos envolvemos en nuestros ambientes recreados. Especializamos los ambientes. Damos una función a cada ambiente y a cada cosa. Y del mismo modo procedemos con nosotros mismos, entre nosotros mismos y con nuestras propias experiencias.

Por cierto, no tiene porqué ser así. Podemos tener una tecnología que no modifique el ambiente. Tampoco tenemos que separar las cosas y las personas por su función. Tampoco tenemos que reducir nuestras experiencias según su utilidad. Esta tendencia es una elección y tal vez sea la elección más fácil. Nos evita el tener que pensar continuamente, es decir, nos evita tener que atender continuamente a nuestro ambiente. Nos ayuda a repetir, nos da la seguridad (que creo falsa) de un ambiente controlado, donde el cambio es sólo una de las variantes de lo previsto.
El entorno controlado es una manera en que se expresa nuestra tendencia por la tecnología. ¿Qué significa esto? La tecnología es la manía de optimizar nuestros procesos, de mejorarlos continuamente. Definir funciones específicas y crear entornos con características definidas es una forma de optimizar una forma de vida. Podemos llamar a esa forma de vida “comodidad” (o “bienestar” o “gozoso hedonismo apático”). No me escapo de ella, suelo caer continuamente en ella, como un pecado mal curado.

Tampoco es que esté en contra de lo artificial. No creo en esta categoría. Es decir, las hormigas y los monos utilizan herramientas. Los lemmings se suicidan. Lo artificial significa algo creado para ser usado como parte de un contexto inventado o creado también. Viene de la palabra “arte”, creación humana. En fin, lo artificial es útil para seguir viviendo y con el tiempo deja de ser artificial al integrarse al mundo, a menos que no quiera integrarse. Como nosotros cuando queremos envolvernos de nosotros mismos. Y esto es cuando dejamos que un mundo virtual despojado de contacto con el resto de la realidad (o lo que recogemos destilado de nuestros entornos urbanos y enaltecido como un hecho absoluto) se convierta en la realidad misma.
Lo artificial está bien cuando no suplanta su origen, sino que lo amplía.

Entre estas experiencias estoy cuando siento la tecnología y la encuentro peligrosa y natural, ambiciosa y entusiasta, embriagadora y apática. La siento que se acumula y se acumula en mis marcadores y en mi departamento, con cada nuevo sitio web y cada nuevo gadget, hasta volverse una danza de momentos simbólicos que llegan a ser símbolos de ellos mismos. Ahí es que digo “estoy cansado”, “me asfixio”, “no puedo pensar por mí mismo”. Esto último es grave. al final, pensar se convierte en una especie de álbum de citas y de referencias. Equivocarse es solamente un asunto sin peligro, no llega a ser decisivo en la vida. Y, por supuesto, así no quiero vivir. Cuando pensar deja de tener consecuencias en el mundo, ha llegado el momento de salir a la calle y caminar. Mejor si hay smog, mejor si hay problemas. Mejor si no hay “comodidad”.

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